Yoga Nidra y más...
Y tú, qué necesitas

Y tú, qué necesitas

Ropa cómoda y suficientemente abrigada, una esterilla, una o dos mantas -puedes colocar una bajo la cabeza-, un cojín para utilizar bajo las piernas, cualquier soporte que pueda ser de ayuda para instalarte en máximo confort.

El deseo de dedicarte un tiempo a ti, ganas de relajarte y EXPLORAR tus propios parajes internos. CURIOSIDAD, REGULARIDAD, CONSTANCIA, APERTURA


El aspecto más destacado en una sesión de Yoga Nidra es que quien participa no ha de hacer nada salvo tumbarse en la postura más cómoda posible (o permanecer sentado confortablemente en una silla, si no se puede acceder al suelo para acostarse), hacerse el propósito de mantenerse despierto y dejarse portar por la voz que guía. Dejarse llevar como un niño que pasea de la mano de un adulto en quien confía.

Una vez tumbados, la sesión recorre una a una las diferentes envolturas del ser. Se guía una relajación física inicial para suavizar las tensiones más superficiales. Posteriormente, un recorrido mental por todo el cuerpo: quien participa en la sesión va poniendo toda su atención en los lugares del cuerpo mencionados y toma consciencia de ellos -quizás por primera vez-. La mente se va calmando. Observamos también la respiración: nuestra propia melodía vital, nuestra compañera de vida. Y, al contemplarla, también se va calmando. El flujo energético se libera, el cuerpo se ha suavizado, la mente se recoge. Atendemos después a las sensaciones propuestas y pasamos a descubrir la sensación física que se halla detrás de una emoción. Vadeamos entre algunas de ellas. Y también se calman. Dejamos que nuestro subconsciente se haga presente, si es su voluntad, y lo miramos.

Cuerpo, respiración, mente, emociones, tranquilos. Aprendemos a observar nuestra pantalla psíquica, tomando consciencia de los propios procesos mentales. Con desapego. Y cada uno aprovecha este espacio de absoluta calma para acceder al subconsciente enviándole un mensaje de fuerza, de intención, de vida.

Descubrimos así todos nuestros espacios, nuestros procesos y, sobre todo, ese lugar central que siempre está en calma, silencioso, acogedor. El lugar al que siempre podemos recurrir para recogernos cálidamente en él.